La verdad y la libre difusión de ideas

En estos días todo el mundo está hablando de la libertad de expresión y me encanta. En casa de mis padres nunca se pudo hablar libremente. La expresión de ideas contrarias a la ideología doméstica dominante (el neoconservadurismo católico) eran castigadas. Cuando tienes que controlar lo que dices, cuando tienes miedo de irte de la lengua sin querer, cuando las ideas disidentes son castigadas, aprendes a apreciar la libre expresión en toda su enorme extensión.

Evidentemente, mi caso no puede compararse a otras realidades donde la libertad de expresión no está protegida jurídicamente. Obviamente, los castigos a los que era sometido eran bastante lights y no pueden compararse con los que pueden acaecer en Arabia Saudí, Laos o Guinea Ecuatorial. Pero, pese a las más que considerables distancias, mi situación me hizo especialmente sensible a todos aquellos que veían su voz cercenada.

No soporto las cortapisas a la libertad de expresión. No aguanto a los que creen que hay temas que no se pueden tocar o que debatirlos libremente debería estar penado. Crecer en un entorno en el que se me decía que razonar era pecado o, directamente, Satanás (mi querido Camino Neocatecumenal) me ha hecho ser consciente del verdadero e inmenso valor que tiene un debate libre y entre iguales.

Resalto lo de un debate libre y entre iguales porque últimamente no paro de escuchar el término debate pedagógico. En un debate no debería primar la superioridad de nadie y en el término pedagógico va inmersa la connotación de qué alguien tiene algo que enseñar a otro, que está equivocado y por debajo de él. Este término, tan común en determinada izquierda, no me representa. Puedes llamarle clase participativa, conferencia o lo que quieras, pero no le llames debate. No quiero debates sin empatía y no me gustan los adalides de la recta moral.

Y no me gustan porque he estado en el otro lado y sé de sobra que no tienen ningún sentido. He escuchado a miles de catequistas, familiares, sacerdotes y algún que otro psicólogo eclesiástico en sus correspondientes debates pedagógicos enseñándome por qué iba a ir al infierno por ser maricón y por qué debía cambiar mi comportamiento. Me molesta especialmente cuando alguien -cuya ideología se corresponde con la mía- pretende imponerla de esta forma porque sé de sobra la repercusión que tendrá: ninguna. No se puede dialogar creyéndote mejor que los demás. No te puedes erigir en adalid de la recta moral y pretender tener algún tipo de influencia sobre los que no piensan como tú.

Los que me conocéis sabéis que tengo amigos de todo tipo y bastante facilidad para relacionarme con todo tipo de personas. Mi truco se basa en no tener miedo a lo que yo llamo “mi verdad”, y para no tener miedo de ella no puedo tenerla de la de los demás. Hace poco definía el concepto en el libro que estoy escribiendo sobre aquellos años de mi vida:

No creo en la verdad como en algo absoluto pero sí como algo verdadero. Me explico: no quiero subterfugios ni autoengaños ni, por supuesto, quiero trampas. Todos podemos estar equivocados pero tenemos que defender lo que realmente creemos. Y podemos cambiar de opinión. Y tendremos que defender nuestro cambio. Creemos las cosas que creemos por diferentes razones. Esas razones que nos empujan a creer algo, a eso es a lo que yo llamo la verdad. Mi verdad, la de todos.

En aquellos años de mi vida en la que enfrentaba al intolerante dogmatismo de la Iglesia Católica habría dado lo que fuera por poder expresar libremente mi opinión y tener derecho a que fuera escuchada de la misma manera que yo no tenía miedo a escuchar la de ellos. Incluso leí algunos de esos libros horribles de Cómo curar la homosexualidad. Pero no tuve opción. Muchas veces pienso que es parte de la razón por la que elegí el periodismo como profesión, de igual manera que creo que es parte de la razón por la que uno de mis hermanos pequeños eligió el sacerdocio. Todos necesitamos expresarnos y si nos coartan esa posibilidad buscamos una alternativa en la que poder configurarnos verbalmente.

Es por ello que no me gustan los que se ofenden con el humor negro, por lo que me parece que prohibir revisionar el Holocausto solo sirve para generar más negacionistas, por lo que no me importa que Comprender y sanar la homosexualidad esté en las librerías y por lo que contraatacaría con un Comprender y curar la homofobia. Las palabras se combaten con palabras. La censura siempre da más fuerza a las palabras prohibidas.

Por supuesto, otra cosa muy diferente es que falacias como ese libro o la homeopatía se enseñen como ciencia en las universidades, que me parece fatal, o que se exija veracidad a la prensa, que me parece estupendo.

Y digo esto porque en este tema siempre me encuentro en tierra de nadie. En España todo el mundo defiende la libertad de expresión hasta que tocan lo suyo. Parte de la derecha dice Je Suis Charlie mientras aplaude que la Audiencia Nacional impute a Facu Díaz (que por cierto, por mucho que compartamos ideología nunca me ha hecho gracia), censura portadas de El Jueves y grita #StopIslam o esa izquierda que quiere prohibir determinado humor, que quiere legislar sobre el uso determinados términos o que pretende evitar que digamos maricón.

Y es que ni unos ni otros se dan cuenta que todos estamos en ambas partes de la balanza y que la mejor manera de construir una sociedad verdaderamente democrática e igualitaria pasa porque todos podamos decir lo que queramos cuando y donde queramos. Que la verdadera lucha pasa porque un sacerdote pueda decirme sin miedo que soy antinatural por ser un maricón y que yo pueda responder que él lo es por mantener el celibato, que el gilipollas de Richard Cohen pueda decir que la homosexualidad es producto de abusos en la infancia y que yo pueda decir que es absurdo y que, aunque lo fuera, eso no cambiaría absolutamente nada en cuánto a mis derechos y libertades.

¡ Viva mi verdad, viva la de todos y qué nadie nos cercene la voz!

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