Cuando te echan de casa por ser gay

Hoy me he despertado leyendo esta noticia de El País“Un padre echa de casa a su hijo por ser gay“. Me llamó la atención que fuera noticia algo que hemos sufrido muchos y que nunca ha tenido espacio en medios y entré a leer los detalles.

Una vez dentro descubrí que el problema no era que le hubieran echado de casa sino que los servicios sociales tardaron más de un mes en reunirse con él y aún no le han ofrecido ninguna solución. La necesidad de establecer protocolos de actuación que eviten que una discriminación tan evidente acabe con la víctima en una situación de exclusión social es más que necesaria.

La noticia me trajo recuerdos de la época más negra de mi vida. Tengo grabado a fuego en la memoria el día que me echaron de casa por ser gay. No recuerdo bien si ya había cumplido los 17 años. Sí recuerdo que estábamos de exámenes en primero de bachillerato. También recuerdo perfectamente cómo mi padre me cogió del cuello y me echó contra la pared mientras gritaba:

¿Que tú te vas a ver con maricones? ¡No será en esta casa!

Me quitó las llaves y me echó a la calle. Al chico de Vitoria, al menos, le dejaron hacer la maleta. La historia real fue bastante curiosa. Fui con mis amigos a la Fiesta de la Primavera de San Fernando, que contaba con la actuación estelar de El Koala, sí, aquel de ¡opá, yo viacé un corrá!

Dentro de mi grupo de amigos vinieron dos chicos gays. Curiosamente, en ese momento no mantenía buena relación con ninguno de ellos y no crucé palabras en ningún momento. Una vecina, miembro también del Camino Neocatecumenal como mis padres, me vio en el grupo, que sería de unas 15 o 20 personas. Estos dos chicos se enrollaron en algún momento y la vecina corrió a contárselo a mis padres. Yo, por supuesto, tenía prohibido relacionarme con personas homosexuales. 

Para que os hagáis una idea, el año anterior en el instituto tenía una compañera bisexual. Mi madre fue a hablar con mi tutora para que no me dejara sentarme a su lado. Gracias a Dios, siempre he estudiado en colegios e institutos públicos y mi tutora le dijo que no iba a discriminar a nadie por la orientación sexual que tuviera.

Por supuesto, me salté la prohibición de mis padres siempre que pude pero no deja de ser curioso que fuera la vez en la que no lo hice la que me terminó pasando factura.

Recuerdo estar en la puerta de mi casa, pensando qué alternativas podía seguir. No se me ocurrió acudir a ninguna institución pública ni habría sabido a cuál ni cómo. Llamé a una amiga y me ofreció su casa, aunque no estaba en la ciudad en ese momento. Acudí a buscar a otra y su padre también me la ofreció. Por la noche, una vez en casa de mi amiga, su madre llamó a mi madre tratando de hacerle entrar en razón. Mi madre le dijo:

Yo no he echado a mi hijo para que lo tengas en tu casa. Si no le dejas en la calle te voy a demandar por secuestro.

La madre de mi amiga, evidentemente, le dijo que no pensaba dejarme tirado.

Al día siguiente acudí al instituto, que estaba bastante lejos de casa de mi amiga, por cierto. En clase de Latín (o Griego) me terminé desmoronando y me eché a llorar. Conté lo ocurrido y me llevaron con la orientadora. Me dio dos opciones. Demandar, según me dijo que fuera por orientación sexual y motivos religiosos era agravante, o tratar de hablar con ellos. Supuestamente, si demandaba podría ir a un piso tutelado. Viendo lo que le ha pasado al chico vasco, seguramente hice lo mejor.

Mis padres se negaron a acudir al instituto. Tras mucho insistir acabaron llegando. Fueron unas negociaciones duras. Las puedo resumir con estas palabras de mi madre:

Cuando muera Dios me va a pedir explicaciones. Prefiero vivir esta vida en la cárcel y poder ir al cielo para la vida eterna.

Finalmente, llegamos a un acuerdo. Volví con una idea clara en la cabeza. La próxima vez no me echarían por ser gay, me iría yo. Y así fue un par de años después.

Sin embargo, le debo mucho a mucha gente. Que tenga la vida que llevo hoy no es solo mi mérito, es el mérito de todos aquellos que me han acogido y me han permitido sobrevivir a lo largo de los años, que me han hecho compras, que me han regalado ropa, que me han dejado (regalado) dinero cuando no tenía con qué comer. Vivir sin un colchón familiar no es fácil y a mí nunca me ha gustado suplicar la ayuda de nadie. Pero no me ha hecho falta.

Aun así, no debería. El Estado, las comunidades, los Ayuntamientos deben establecer protocolos que funcionen desde el primer día. Que si te ves en la calle por ser gay, bisexual, lesbiana, trans, etc… tengas un techo donde dormir y un plato de comida en la mesa. Y que se sepa.

2 thoughts on “Cuando te echan de casa por ser gay

  • unos padres que rechazan a un hijo están desnaturalizados. Por proximidad con Vitoria conozco el ambiente reaccionario que predomina y que en Navarra por desgracia aún sigue. Es una lástima.

    Yo me enteré de que mi padre sabía que era gay(nunca lo hemos hablado porque no lo necesitamos) porque vi que se apuntó a charlas de padres LGTB, tuve suerte de tener un padre tan peculiar

  • Una historia estremecedora, sin duda. Coincido contigo en que el protocolo a seguir en este caso (máxime cuando se trata de un menor), se debe aplicar desde el primer momento igual que se hace (o se debería hacer) con una desaparición. En esas primeras horas angustiosas es cuando más ayuda necesita la persona víctima de un rechazo o discriminación, y no esperar a que “las cosas se arreglen por sí solas”. Al final, todos acaban regresando a casa, suelen decir para tapar el parche.
    De niño sufrí un incidente en un colegio religioso, y entonces aparecieron “los catequistas” (así llamaban a un grupo de familias encargadas de velar por la moral y fe cristianas de los miembros de la colonia en aquel país norteafricano) no sólo se contentaron con estigmatizarme y apartarme de todos los círculos sociales, sino que con papel en mano firmado por mismísimo arzobispo, se me prohibió pisar la iglesia en horas de culto público.
    No sé si aquellos catequistas y los del Camino Neocatecumenal son la misma cosa, pero durante un año y medio a mí me hicieron la vida imposible.

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