Bullying

Hoy os voy a contar algo que poca gente conoce y que no suelo expresar. Supongo que en cierta forma haber sido víctima de bullying es algo que me avergüenza.

Siempre he tenido suerte. Digo suerte porque viéndolo en perspectiva tenía las características para ser la víctima perfecta: debilucho, asmático, empollón, blancucho -síntoma de fealdad absoluta en el Cádiz de mi niñez- y maricón (aunque entonces no lo supiera). En el colegio donde hice preescolar y primaria mi situación como hijo del conserje hizo que fuera conocido -y querido- desde el principio. Tuve buenos amigos y pocas -casi ninguna- experiencias desagradables. Sí, era un empollón pero también era el mejor del equipo de pin pon y logré ser bastante popular.

Al mudarme a San Fernando también tuve suerte. En mi primer día en 1º de ESO hice amistad con un chico que luego se convertiría en el líder payo de la clase y logré su protección durante los dos años que pasé en ese colegio. Recuerdo perfectamente mi primer día en el mismo. Mientras esperaba en la puerta se me acercó uno de los líderes gitanos y me preguntó mi nombre y si era nuevo. Se lo dije y me contestó:

-Pues en tu colegio debían darte buenas palizas.

Se lo negué y me contestó:

-Pues entonces eran unos gilipollas.

Cuando echo la vista atrás y recuerdo todo lo que pasaba en aquellas aulas y de todo lo que me libré, no me queda más remedio que suspirar tremendamente agradecido.

También sobreviví a la llegada al instituto en 3º de la ESO. Pese a tener la fama de ser el peor de San Fernando, tampoco era para tanto. Ese año mis notas no destacaban especialmente e incluso tuve mi primer y único suspenso -el primer trimestre de Matemáticas-. Eso también me libró de destacar. Curiosamente, el chico de la clase que sufría el sambenito de empollón y maricón no era especialmente inteligente (o aplicado). Le llamaban “super”, de superdotado. Él nunca me soportó, quizá porque conmigo no se metían y yo era el verdadero “super” y también el único de ambos que salió del armario mientras seguíamos en las aulas.

En 4º de ESO mi suerte cambió. Podía haber sido un año bastante agradable. Empecé a dar Cultura Clásica, olvidé las ciencias y solo tenía exámenes de cuatro asignaturas: Matemáticas, Lengua, Inglés e Historia. Pero también me tocó coincidir con Sergio, un repetidor que pronto descubrió lo que había conseguido ocultar durante mis anteriores años de escolarización. Que era carne de bullying.

Mi obsesión fue evitar que el bullying llegara al plano físico y milagrosamente lo logré. No así otros de mis compañeros. Sergio estaba literalmente loco -no sé cuál era exactamente su enfermedad pero sí que se estaba medicando para tratarla tras un intento de suicidio- y yo vivía temiendo el momento en el que cumpliera alguna de sus amenazas -en mi instituto había huecos en cada pasillo por los que te podías caer desde la tercera planta donde dábamos la mayor parte de las clases hasta la baja-. También tengo que agradecerles a mis compañeros que intercedieron por mí más de una vez cuando las cosas se ponían feas y me evitaron la agresión. Y, como digo, no todos los compañeros se salvaron. Conseguir que por mí si dieran la cara fue probablemente mi triunfo.

Tengo bastante autocontrol y tenía claro que ese era mi objetivo. Los insultos me daban igual, toda mi energía estaba centrada en evitar que Sergio me agrediera. No pensaba perder el control como alguna vez le pasó a algún compañero tras alguna humillación porque sabía que tenía todas las de perder. Empecé a pasarlo bastante mal. Sabía que cualquier momento podría cruzarme con él sin que nadie me defendiera y entonces me llevaría, como mínimo, la paliza. Dejó de apetecerme irme a clase. Simulé estar enfermo algunos días. No quería vivir con esa tensión.

Cada vez que veía que Sergio se peleaba con algún otro chico -siempre gente más débil que él- cruzaba los dedos para no ser el siguiente. Recuerdo al menos tres grandes peleas a la salida, una de ellas con uno de mis mejores amigos del momento. Nunca hablé con nadie de cómo me sentía ni pensaba que hubiera nada que pudiera hacer. Cada vez que me llamaba y me hacía ir porque se quería reír de mí era una absoluta pesadilla.

Recuerdo estar desesperado. Recuerdo hacer un “trato” con el Universo. Quería librarme de él como fuera. Hice una oferta a las energías cósmicas. Si le devolvían el mal que había hecho y, al menos, me libraban de él, yo sufriría con gusto el doble de todo el mal que hubiera hecho yo.

Solo habían pasado dos meses. Al otro día Sergio le quemó la cara con un mechero a una chica de la clase, otra de sus habituales víctimas. Le cambiaron de clase y le mandaron a diversificación. Lo conseguí. También comenzó mi particular infierno en casa con mi salida del armario, que se prolongó durante años. A veces pensaba que el karma se estaba cobrando -con creces- la deuda. No quiero ni pensar en aquellos casos que mis dos meses de infierno se convierten en años.

A veces me acuerdo de mis compañeros, de los que me ayudaban a mí pero no a otros y de los que callaban. Recuerdo una noche que, por hacer un favor a un amigo, acabé en La Ladrillera, una zona de botellón. Un compañero de clase con el que nunca tuve demasiada relación me dijo entre risas que Sergio solía ir por allí. Luego, cuando mis padres me echaron de casa por maricón, él fue uno de los que me ofreció su casa hasta que recuperaran la cordura. Supongo que todos tenemos nuestras luces y sombras.

Intento recordar si yo hice algo por evitar que le pegaran a alguien y no tengo la menor idea. No recuerdo una sola situación ni en un sentido ni en otro. Puede que yo, en la búsqueda de mi supervivencia, también fuera uno de esos verdugos silenciosos que hacían que Sergio y otros como él pudieran hacer sus tropelías.

Años después mi hermano pequeño sufriría también sus propios episodios de bullying, en esta ocasión homofóbico. Mi hermano si que terminó contándolo y mi padre diría que la culpa era suya por no ser suficientemente hombre. Muchas veces he pensado si yo hubiera podido hacer más -o hacer algo- por “el super” o cualquiera de esa gente que sufrió delante mía mientras yo me preocupaba de salvarme a mí mismo. Siempre he sido un pragmático y nunca he sido valiente.

Puede que ya sea tarde pero aquí está mi testimonio para que nos hagamos esa pregunta la próxima vez que veamos una situación así. A mi me salvaron de la paliza más de una vez, piensa si tú puedes salvar a alguien en algún momento de alguna humillación. Al final, todo es asunto de todos. 

One thought on “Bullying

  • yo recuerdo super mal la etapa del instituto,dejé el pueblo y fui a un instituto del albayzin donde los gitanos no eran precisamente los peligrosos sino que el lider payo era un reputado homofobo que posteriormente ha llegado a concejal del psoe (y se llena la boca de igualdad). recuerdo el instituto como una época donde calculaba perfectamente cómo podía hacer rabona sin que me pillaran… con la desgracia de que mi primer amor fue en una de esas, nos cazaron y consecuente curso ENTERO donde todos me hicieron el vacío en plan ES UN ENFERMO… Ese año, dentro de lo mal… bien, el problema fue cuando en segundo me llegaron a agredir físicamente.

    mis padres denunciaron y pasó lo de ahora… el centro tapó a los que me gritaban maricon y la pesca… Ayer leía la noticia del chico este que se ha suicidado y recuerdo el miedo que en su día me dio el suicidio de Jokin porque yo pensaba en hacer lo i mismo en aquella época…

    es un tema complejo, gracias por el post porque me ha servido para ordenar ideas

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